Ante la podredumbre, una opción ética

“Nada que sea moralmente incorrecto puede ser políticamente correcto”

William Ewart Gladstone

      Y sigue la mata dando… Ahora la muestra más reciente de la cloaca en la que se ha convertido el morenismo es la publicación del libro de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Melendez “Ni venganza ni perdón”. El que fuera brazo derecho de amlo, a quien éste lo llamaba hermano, aquel que fue el segundo personaje con más poder en México, quien vivió y conoce a la perfección los intríngulis del poder, narra una serie de delitos cometidos por el otro brazo político del macuspano, Jesús Ramírez Cuevas: Uso indebido de recursos públicos y desvío de fondos; abuso de autoridad y ejercicio indebido de funciones; tráfico de influencias; espionaje o uso faccioso de información; entre otras lindezas más. Si estas acusaciones hubieran sido contra algún miembro de la oposición, seguramente todo el aparato del Estado ya estaría persiguiéndolo y sometiéndolo a juicio, para aplastarlo, como suele decir toda autoridad que se precie de serlo, con “todo el peso de la ley”. Pero no… resulta que, si un morenarco acusa a otro morenarco, no pasa absolutamente nada.

 

      Un ejemplo patético de este caso dado por la presidente de México es realmente de no creerse. En primer lugar, afirmó que no piensa leer el libro, por lo que se escuda en no conocer los dichos, ni los delitos ahí narrados. En segundo, que, si hubo actos indebidos en el sexenio anterior, quien tenga pruebas, presente la denuncia ante la instancia correspondiente. Tercero, no hay ninguna razón para iniciar pesquisas ni contra Scherer ni contra Ramírez, ya que son parte del movimiento y hay que ser consecuente con su defensa ante cualquier ataque que reciba de sus adversarios. Y cuarta, la salida que dio a los reporteros para desviar la atención a este tema, que raya en lo más inmundo, fue: “y por qué no siguen preguntando por e investigando a García Luna…” ¿En verdad los mexicanos nos merecemos tener una presidente con este nivel de mediocridad, abyección y cinismo? ¿Los millones de ciudadanos que votaron por ella se habrán dado cuenta de quién es realmente y todo lo que representa? ¿Estarán arrepentidos o ya les vale un reverendo cacahuate?

 

      Aquí se abre una amplísima área de oportunidad para la oposición a fin de presentarnos como distintos y distinguibles. Las propuestas opositoras no pueden basarse solamente en temas coyunturales, ni en modificar algunas políticas públicas actuales. Tampoco centrarse principalmente en perfiles personales, ni en encuestas amañadas al contentillo de quien las paga. Ante la degradación evidente del movimiento de regeneración nacional, debemos salirnos de su cancha y proponer la construcción de nuevos cimientos para un modelo de gobernanza radicalmente diferente, basados en la ética, los valores humanos y la eficiencia para alcanzar el bien común.

 

      Primero, la ética. Es un deber imperativo luchar por una política limpia, transparente y honesta. Un proyecto opositor debe cimentarse en la integridad, la rendición de cuentas y el rechazo inequívoco a la corrupción, venga de donde venga. No se trata solo de discurso, sino de acciones tangibles: mecanismos de transparencia robustos, procesos de selección de candidatos impecables y un compromiso férreo con la justicia y el estado de derecho. La ética debe ser el filtro de toda decisión y el fundamento de cada acción.

 

      Segundo, los valores humanos. Más allá de las ideologías partidistas, la política debe recordarnos su propósito fundamental: servir al ser humano y no servirse del poder por el poder mismo. Esto implica un enfoque inquebrantable comprometido con la dignidad de la persona, la promoción del bien común, la protección de los más vulnerables, el respeto a la pluralidad y la construcción de una sociedad aspiracionista, más justa y generosa. Un proyecto opositor debe traducir estos valores en políticas públicas concretas que aborden las necesidades reales de la población en materia de salud, educación, seguridad y desarrollo social, evitando la polarización y fomentando la unidad.

 

      Finalmente, la eficiencia política. Un proyecto con ética y valores humanos, pero sin capacidad de implementación, es letra muerta. La oposición necesita demostrar que tiene la capacidad de gobernar de manera efectiva y eficaz. Esto implica la formulación de políticas públicas coherentes y factibles, la construcción de consensos, la gestión competente de los recursos públicos y la capacidad de resolver los problemas complejos que aquejan al país. No basta con buenas intenciones; se requieren equipos técnicos capacitados, una visión estratégica a largo plazo y la habilidad de transformar las ideas en realidades tangibles y beneficiosas para la ciudadanía.

 

      El buen juez por su casa empieza. Hay mucho que trabajar. Tenemos una oportunidad de oro. No le fallemos a México.